Recordando a las torres gemelas (11/09)

La silueta de un hombre se dibuja en la cúspide de la Torre Norte. Luego se precipita al vacío. Asume su muerte con impecable dignidad. Parece resignado a su destino. Si no supiéramos que cae, pensaríamos que vuela.

  Su último viaje dura nueve segundos. Es lo que tarda en recorrer los 400 metros que le separan del suelo. En el momento del choque, avanza a 240 km/h. Los bomberos nunca olvidarán el chof que suena al reventarse contra el pavimento.

  El hombre es uno de tantos —unos 200— que prefirieron saltar al vacío a morir en las torres. Pero sólo él se convierte en el icono del 11-S gracias a la Nikon DCS620 de Richard Drew. Es el mismo fotógrafo que, el día que mataron a Bobby Kennedy, siguió disparando con la chaqueta llena de sangre.

  Hoy hace lo mismo. Clic, clic, clic. Al día siguiente, su foto, de trágica belleza, aparece en todos los diarios americanos.

  Tras las quejas de los lectores, muchos deciden no volver a usarla. Los 11 descartes, en los que el hombre se retuerce en su interminable caída, permanecen en la penumbra.



  Lo mismo ocurre con la identidad del caído, que nunca se aclarará. Quizá sea un empleado del restaurante del ultimo piso. Quizá no. Así, la foto se transforma en el monumento al soldado desconocido en una guerra de final incierto. «Por eso nos incomoda verla», ha dicho Drew. «Porque sabemos que también podríamos haber sido uno de los caídos». / G.S.